Esos niños

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Que lastima, haber pasado por esos años cercanos al destete con los sentidos embotados por la digestión y el sueño, tan solo pensando en la satisfacción de mis instintivas necesidades. Teno hambre, Quero pis,  nene pupa,  Quero caca…..

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En ese estúpido egoísmo no me importaban las personas que me daban de comer, que me arrimaban el orinalito, o que me curaban el culito escocido, no como esos niños-prodigio, niños de frentes amplias y cabezas gordas, en las que puede pronosticarse la calvicie prematura desde que les sale el primer pelo, ya débil y canoso, niños cabezones y un poco enclenques por un desequilibrio entre su exceso de fósforo y su falta de calcio.

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Niños con los ojos grandes que parecen tener la mirada algo perdida, pero esa mirada es engañosa, en realidad están bien espabilados para no perderse nada de lo que ocurre en su entorno, niños que todo lo que ven lo van guardando en su hucha para el día de mañana.

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La hucha es grande con forma de pelota mofletuda, y soplona, de inspiración, de la que saldrán los temas que formen su madurez, mucho mas propia que las huchas de los niños corrientes que tiene en general forma de cerdo, y que rompemos tan pronto como tenemos algunos ahorrillos.

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Volvamos a la hucha de forma de pelota, mofletuda y soplona, en la que el astuto niño va guardando cuidadosamente los recuerdos de su infancia, es grande y sólida, con una ranura muy amplia, por esa ranura con amplitud de colector, entran fragmentos completos, y traumas como la primera experiencia sexual, cuando aún no sabia como ni por donde, el colchón húmedo con olor ácido de cuando se hacia pipi en la cama.

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Y aquella primita con cara de golfa que tenia pecas como salpicaduras color chocolate, y el oscuro asombro producido por la contemplación  fortuita de una entrepierna femenina desprovista de bragas, mostrada intencionadamente por una parienta lejana y calentorra, las altas fiebres del sarampión, y la paja en el pajar, la guerra ganada por papá y perdida por el tío del que se habla bajando la voz porque esta en la cárcel.

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Todo cabe por la tragadera de la hucha en la que el ahorrativo cabezón guarda los materiales de sus inspiraciones futuras, que lastima no haber ahorrado estos recuerdos infantiles, este haber tirado mi infancia me obliga a leer y reinventarme todo lo que escribo con el consiguiente desgaste mental.

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Claro que pensándolo bien, la inventiva fresca es mejor que los recuerdos en conserva, y por otra parte poco partido podría haber sacado yo a todo lo que pudiera guardar en mi hucha, porque dicho sea de paso y sin animo de ofender a nadie yo siempre fui un derrochador.

Una rosa no puede ofender a nadie

¿O no? ¿Pues eso?