LOS SUEÑOS DE ALEXANDER (7)

 

Para las visitas que reparen en leer estas entradas sobre los sueños de Alexander, es recomendable comenzar por el orden en que numéricamente están establecidas

 

*Realizadas las presentaciones, los hombres cómodos en los asientos, haciendo corro en el contorno de las señoras sentadas en el sofá, la conversación quedo reducida a un monologo de Don Federico Miranda en busca de concurso, para su locuacidad oral interminable.

*Carolina observaba erguida en su asiento, impasible, como si de una figura de porcelana se tratara, en su rostro imperturbable ni un solo músculo parecía tener vida, José Carlos Miranda, absorbido en sus miedos, aceptaba los planes de su padre sin oposición, ni siquiera para rebatirlos, cumplía y allí estaba para demandar la mano de Carolina y enlazarse con ella.

*Para José Carlos, la belleza espléndida de la joven, no inmutó su naturaleza apática, y apenas si osaba mirarla, solo ocasionalmente se aventuraba a dirigirle la palabra, y, en todo caso lo hacia para responder, y no para averiguar, ni iniciar diálogo alguno, la comida fue exorbitante, y  los vinos magnánimos, que no era aquella casa, ni la sazón de tira y afloja.

*Terminada la comida, los asistentes tomaron posiciones en el salón, enviando los jóvenes al jardín trasero de la casa, intentando un acercamiento entre ellos, con la finalidad de tratarse, y comenzar a relacionarse, la tarde sensitiva, encendida por los rayos del sol, parecía gozar de la virginidad de Carolina, las flores a los dos lados de la escaleras que bajaban hasta la arboleda, engalanaban el caminar de los dos jóvenes, siguiendo las indicaciones de su padre, José Carlos ofreció el brazo a Carolina y descendieron al jardín.

*Los dos jóvenes se encontraron solos, en el silencio ardiente de la tarde perfumada y llena de un candor virginal de poesía, en el silencio el aletear de los insectos se hacia sonoro como el eco la sexta de un laúd, en su caminar se adentraron en un enredo de arbustos aromáticos, que por su espesura sintieron la sensacion de barrera que les aislaba de la casa, José Carlos Miranda, se paralizó en su pasear, mirando aturdido en todas las direcciones, y notándose lejano de su padre, solo, con una mujer, y tan cerca de ella, se turbo, reculando instintivamente, atacado del miedo de un impúber sacrificado,  aquel movimiento tosco, dio origen a que el brazo de Carolina se resbalara del suyo, retirado por ella, así como renunciado por el.

*Quedaron allí en silencio, distanciados como si la lluvia de oro de la tarde los incomunicase, por un sempiterno ambiente de soledad, el joven  impropio al orgullo de su sexo, temblaba ante ella, que le parecía un pecado privado, a su virilidad indolente nada expresaba el cuerpo extraordinario de la virgen que se alzaba ante el, como un recipiente lleno del celestial néctar que a través de los tiempos ha emborrachado a los hombres, ahora se le entregaba en vano a sus labios inexpertos de la caricia, y, marchitos por otras devociones.

*Carolina como mujer no era diferente a las demás, incluso la mas puritana, siente el orgullo de infundir apetitos sexuales, perdonando el ultraje ó el desaire con mas facilidad, que el de no ser deseada, ante esta actitud, perceptiblemente medrosa del joven que se apartaba de ella, sintió inundada su alma de tanta humillación, que su reacción fue como si de pronto José Carlos, hubiera desaparecido, como si nada hubiera ocurrido, se volvió inclinándose a los rosales como para besar las rosas haciendo el arrumaco de venerarlas, el, ni arrojo le quedo para mirar la hermosa doncella que inclinada sobre las flores se agregaba al fantástico esplendor de las otras.

*Carolina no le miraba, como si se hubiese evaporado por completo, de ante sus ojos y su pensamiento, dedicándose a cortar con extremo cuidado unas rosas, absorta en su sueño con una religiosidad vehemente, como si las cortara para entregárselas a su señor lejano, y, presente en el tabernáculo de su alma.

*El susurro de voces, y el taconear de unos pasos, vinieron a rescatarlos  de tan lamentable situación, de inmediato se escucho a Don Federico Miranda con su monologo interminable, Carolina los recibió con una risa fingida, el joven José Carlos tenia conciencia de haber protagonizado un papel calamitosamente impropio ante una mujer tan bella, en realidad el sabia que su misoginia no era odio a la mujer, era el temor a ella, Don Federico interrumpiendo su flujo retórico, los miro con atención, ¿os interrumpimos? dijo con mirada irónica, y una mueca picaresca, si, manifestó Carolina, el Sr. José Carlos Miranda, termina de hacerme la revelación de su amor, ¿de verdad? exclamo Don Federico, feliz como el que termina de satisfacer su deseo mas intimo, si, su amor por la Virgen de los deleznables, dijo Carolina, Don Federico palideció, dándose cuenta el ridículo que su hijo había interpretado ante tan bella doncella, nerviosa y hastiada, Carolina, no estaba dispuesta a oír soflamas de su padre, inclinándose atentamente, pidió permiso para retirarse por unos momentos, para llevar las flores cortadas al interior de la casa.

*Subiendo la escalinata y atravesando los corredores, después de dejar las flores encima de la mesa del salón, se dirigió presurosa al mirador, y avanzando el busto fuera de la barandilla, con rostro serio, oteaba inquieta el panorama, allá en la línea dorada del camino que conducía a su casa, la silueta de Alexander, menoscabado esperaba el desplome de la tarde, teñida con una tonalidad casi cobriza, hacia proyectarse como espectral la figura del hombre que amaba, al divisar la silueta de Carolina apoyada en la baranda del mirador,  Alexander saludo con un ademán de inclinación del torso, ella correspondió con el ardor que hasta ahora nunca había tenido para el, acompaño el saludo con un gesto de su mano, que se zarandeo como una pichona que estuviera intentando volar, explayando sus alones en el infinito donde hierve el sol, sacrificado en holocausto………………….

 

¿O no? ¿Pues eso?